Posteado por: volovan | Julio 27, 2009

Mudanza

El sábado, después de tres años y medio, me mudé. He perdido la cuenta de las mudanzas que llevo en los últimos 15 años. Recuerdo que de niño pensaba que sería increíble vivir en diferentes casas; no sabía lo que decía. Ahora, detesto cambiarme. Es agotador. Y no sólo lo es tener que empacar, cargar y desempacar, sino el desgaste emocional.

Antes de cerrar por última vez la puerta, volteas y mirar un espacio vació donde antes estaban todas tus cosas, y es imposible no recordar todo lo que pasaste ahí: el día que lo visitaste y decidiste cambiarte, caminar por el nuevo barrio, la fiesta de inauguración, el cuadro que te regalaron, los buenos momentos, las peleas, las nuevas relaciones, el rincón donde entraba el sol, tu lugar para leer, las fuga de agua del baño, el hoyo de más con el taladro, los gritos de los vecinos, el chiflido que haces para avisar que llegaste, la costumbre de quitarte los zapatos al entrar después de tener un mal día de trabajo, después de la fiesta, después de un largo viaje, porque en el instante que cruzabas esa puerta te sentías en casa… Y desde ese momento, ya no lo será más. De nuevo es un espacio vació.

Las mudanzas duelen, y mucho.

Éste es el primero de tres grandes cambios.

Posteado por: volovan | Julio 23, 2009

Los olores de los superhéroes

Ayer, mientras estábamos encerrados en el tráfico, una amiga y yo comenzamos a platicar de temas superprfundos, güey. El que más (me gusta un montón esta frase), fue a lo que olerían los superhéroes. Después de rebanarnos los sesos (ésta también me gusta harto), llegamos a la siguiente conclusión:

  • Hulk: a Maestro Lipio (artificial y verde).
  • Batman: a guano y humedad (ya saben, por eso de la cueva).
  • Iron Man: a aceite para máquinas.
  • Aquaman: a agua salada y pescado.
  • Superman: a lavandería (es el más ñoño, seguro lleva su trajecito a lavar).
  • Birdman: a gallina.
  • Spider Man: a sudor, hormonas y esperma (como cualquier otro adolescente).
  • Flash y Quicksilver: a puro sudor.
  • Capitán América: a clóset de abuelita.
  • Black Panther: a zoológico.
Posteado por: volovan | Julio 16, 2009

La pura diversión

La primera vez que alguien me recomendó un libro de Terry Pratchett me dijo: “está increíble, es como leer una caricatura”. Y yo como soy todo un seudointelectualquecruzalapierna, lo desprecié. Tiempo después, en una librería de Madrid, me encontré el tomo uno del Mundodisco, El color de la magia. Como quería algo ligero para viajar, lo compré. ¡Y sopas, pollo!, resultó ser uno de los libros que más me han divertido.

La historia es extraña, y más los personajes: hay un mago que conoce un sólo hechizo y no está autorizado a utilizarlo, un turista trajeado perdido, un baúl con patas que no para de moverse, sindicatos de ladrones y asesinos, la Muerte que se queja todo el tiempo de la burocracia, y dioses que juegan, tal cual, a los dados con la gente, entre otros. Todos ellos viven dentro de un mundo plano sostenido por cuatro elefantes, los cuales, a su vez, están sobre tortugas gigantes; el Mundodisco. Ajá, es difícil explicarlo, es como si Tolkien se hubiera sentado a escribir un libro con Woody Allen, o algo así. El asunto es que tiene todos los elementos de la literatura fantástica tipo Dungeons and Dragons, pero con un gran humor. Nada clavado o denso (como suelen ser los que llegan con espadas o alitas a las fiestas), sólo divertido.

Según lo que he escuchado, o leído, El color de la magia es el libro menos logrado de Pratchett, la serie cuenta con 36 volúmenes. Así que con cualquiera que consigas de él, te la pasarás bomba.

Posteado por: volovan | Julio 14, 2009

Volován VS un triatlón

(Advertencia: el post está largo, igual que el triatlón.)

Después de cuatro meses de entrenamiento, dietas y demás sacrificios que me llevaron a ser un tipo aburrido, pero sano (me levantaba temprano para entrenar, hablaba de calorías y rutinas, y no me emborrachaba, vamos, ni siquiera comía helado. Era todo una señora de gimnasio), llegó el momento; haría el triatlón de Puerto Vallarta. No había más pretextos. Aquí lo que pasó.

Un día antes de la competencia, tienes que ir a registrarte y estacionar tu bicicleta en la ‘transición’. Así que me levanté temprano y fui. Ahí estaba yo con una bicicleta y un casco prestados, unas bermudas militares y unos tenis que compré en una barata, rodeado de personas hiperdesarrolladas, con bicicletasmuchomáscarasquemiauto y equipos que parecían más uniformes de Star Trek que ropa deportiva. Si en ese momento se hubieran puesto a seleccionar equipos como en la primaria, seguro escogerían al tipo obeso que vendía aguas antes que a mí. Me sentí fuera de lugar. Y por si no fuera poco, para el viaje tuve que desarmar la bicicleta. Me habían dicho que en el registro había un mecánico que me podría ayudar a armarla, y sí, lo había, pero cuando le pregunté sólo me contestó: “no, güero, yo sólo la ajusto. Tú la tienes que armar”. Mierda, creo que no armaba algo desde la navidad que me regalaron el Halcón Milenario. Pedí una llave, que después me enteré que se llamaba Allen como Woody, y me puse a armarla. Después de una hora, logré que las llantas de la bicicleta rodaran, sólo me faltaba hacerla frenar. Nah, nos estuvo tan difícil. Al final me registré, estacioné mi bici y me fui al hotel a esperar la competencia del siguiente día, el ‘gran día’.

La competencia era a las 7:35 de la mañana (así, como horario inglés), por lo que me desperté a las 6 de la mañana para preparar todo. A las 7 ya estaba en un taxi. Y a las  7:15, ya estaba de regreso en el hotel para recoger el casco que se me había olvidado. Llegué justo a tiempo para que me marcaran (te ponen un número en el cuerpo como en rastro), calentar un poco y meterme entre los competidores. De nuevo estaba rodeado de tipos hiperdesarrollados con trajes de baño como para tipos bien dotados. La verdad es que estaba nervioso, y más cuando nos explicaron cuál sería la ruta de natación. “Llegan a la boya que se ve allá, nadan a la otra de la derecha, de ahí a la última boya y salen por las escaleras”. Cuando le pregunté al tipo de enfrente si la primera boya era la que se veía ahí, me contestó: “no, es la del fondo”. Doble mierda, apenas si se veía. Eso era como nadar de Acapulco a Ixtapa con un brazo atado, en serio. Cuando estaba a punto de rajarme, nos llamaron para meternos al agua. ¿Quién dijo miedo? Me lancé al agua, sonó una sirena y comencé a nadar. No se veía nada entre el cardumen de hombre que me rodeaba. Alguien me jalaba, otro me daba una patada, uno más me metía un zape… Era una locura. Decidí hacerme un poco a la derecha para nadar más tranquilo. Una, dos, tres brazadas y respira; recordé que me habían enseñado. Así que me puse a hacerlo: una, dos, tres… carajo, ya me alejé un chingo. Ahora a nadar hacia el cardumen. Otra patada, otro zape. Ahora a alejarme del cardumen. Regresar… así me aventé el resto de la ruta hasta llegar casi a la última boya. La alcanzaba a ver, sólo me falta darle la vuelta y terminaría. Apreté en el último tramo; de pronto nadie estaba a mi alrededor. Seguro nadé en chinga, pensé, y por eso todo el mundo me echa tantas porras. Ay, iluso, las porras en realidad eran gritos diciéndome: “no es por ahí, regresa”. Sí, otra vez me había salido de la ruta. Al final encontré las escaleras y a tropezones salí.

Tenía que llegar lo más rápido que pudiera a tomar mi bicicleta y salir con ella a la ruta. Lo que no había planeado era que ponerte unos calcetines y unos tenis con los pies mojados, es un desmadre. Mientras los demás tomaban sus bicis y salían en menos de 10 segundos. Yo estaba sentado en el suelo metiéndome los tenis. Tres minutos me tardé en eso. ¡Tres! Ya en la calle me monté y comencé a andar. El recorrido de bici no estaba tan mal. Todavía no me sentía cansado, pero estaba seguro que me pasaría, así que no me exigí mucho. Además, la bici era lo que más me fallaba, pues sólo había andando en ella un par de veces y no entendía bien las miles de velocidades que tenía (¿a quién se le ocurre poner más velocidades en una bici de las que se pueden contar con las dos manos?). Tú tranquilo, pensaba mientras me rebasaban grupos y grupos de bicicletos. Hasta varias mujeres, que empezaron como media hora después que todas las categorías de hombres, me pasaron. No importa, tómalo con calma, me repetía. Después de la primera vuelta de 10 kilómetros, decidí apretar. Frente a mí iba un señor como de cincuentaytantos; me le acerqué, y comencé a andar más rápido. Entendió mi indirecta y el también aceleró. Eso se convirtió en una carrerita personal. Se adelantaba, lo alcanzaba. Me adelantaba, me alcanzaba. Se adelantaba, se adelantaba, se fue… Tómatelo con calma, me volví a decir. Todavía me faltaba lo más pesado; la carrera.

Después de 40 minutos, o algo así, dejar la bici. En la transición no tuve problema alguno; ni me di cuenta cuando ya estaba corriendo. Estaba a 5 kilómetros de lograrlo. Y, la verdad, todavía no me sentía cansado. Sí, sentía las piernas como las de Bambi cuando sale a patinar con Tambor… Eh, esto no es muy masculino, ¿cierto? OK, sí, me temblaban las piernas como las tetas de una baywatch (jujuju), pero me sentía con suficiente aire como para terminarlo. Poco a poco subí la velocidad. Llegué al ritmo que quería, y me mantuve así. Esta vez, no me rebasaban tantos. Bueno, sí, pero no tantos. Corría, corría y no me cansaba, me sentía como Forrest Gump. Lo mejor del recorrido fue cachar las botellas de agua que te aventaban en el camino, tomar un trago y verterme el resto a la cabeza, como todo un profesional; siempre había querido hacer esto. Para la segunda vuelta, apreté. Y por primera vez en toda la competencia, comencé a pasar a competidores. Se sentía rebíen hacer esto. A lo lejos ya se veía la señal de META. ¡Qué emoción! Corrí lo más rápido que pude. Un tipo se me acercó y me pasó. Por el número que tenía pintado en la pantorrilla me di cuenta que era de mi misma categoría. No me dejaría. Corrí más rápido. Él aceleró. Lo alcancé. Íbamos hombro a hombro. Faltaban pocos metros. Aceleré. De pronto, se escuchó a todo volumen Chariots Of Fire. El público se levantó y comenzó a gritar mi nombre. Por la emoción que sentía, todo se movía en cámara lenta: las manos que aplaudían en las tribunas, las alas de las palomas que soltaron en la línea de meta, los músculos de mis piernas, las gotas de sudor que resbalaban lento por mi cara, incluso el sonido de mi corazón se escuchaba pausado. Atravesé la meta antes que él. Alcé los brazos. Los demás competidores me levantaron en hombros… OK, no pasó así, pero me lo imaginé. La única que me gritaba en las tribunas era mi chica (por cierto, gracias por acompañarme, hermosa).

El tipo que llegó detrás de mí fue el lugar 21, yo el 20 de mi categoría; en total éramos 46, o algo así. Hice una hora con 31 minutos. La verdad es que, para ser mi primer triatlón sprint, no estuvo nada mal. Y sí, es verdad lo que dicen que los triatlones son como las Sabritas: no puedes hacer sólo uno. Ahora me prepararé para el de Huatulco.

Aquí la prueba de que lo hice:

Aquí un detalle de mis arrugas:

¿Qué pedo? Parezco Shar Pei. No me imagino cómo estaré a los 50 años.

Posteado por: volovan | Julio 9, 2009

Mal chiste de cierre: los cinco dedos árabes

Este es el mejor ejemplo de la clase de chistes que llegan a Maxim. Me provocó mucha risa. Bueno, son las 10 de la noche y estoy frente a la compu desde las 10 de la mañana, tengo hambre, sueño y… “baginal”, ji, ji, ji.

“La escena ocurre en la casa de un árabe. El hijo llega de la escuela y le pregunta a su padre:

–Babá, babá, en el colegio me han rebrobado…

–¿Borqué, hijo? Cuéntale a tu badre.

­–Borque no sube los nombres de los dedos de la mano, badre. ¿Es que acaso es tan imbortante darles nombres?

­–Hijo, yo tamboco los sabía y siembre me las arreglé muy bien. Bero te contaré cuáles son los nombres de los dedos y borqué es imbortante saberlos:

  • El brimero es el legal: sirbe bara firmar los babeles importantes.
  • El segundo es el autoritario: sirbe bara dar las ordenes.
  • El tercero es el baginal y se usa mojado: ya sabrás bara qué funciona.
  • El cuarto es el matrimonial: allí te bones el anillo de bodas.
  • El quinto es el buscador: busca en la nariz, busca en las orejas…

­–Berdone usted badre, combrendo muy bien lo que usted me enseña, bero no tengo muy en claro bara qué sirbe el tercero.

­–Ah, hijo. El tercero te dije que era el baginal. Te lo mojas un boco con saliba y sirbe bara basar las báginas: bágina uno, bágina dos… y así hasta que termines de leer el libro.”

Posteado por: volovan | Julio 7, 2009

No estoy muerto, estoy en Maxim

Entre editar textos de mujeres que aseguran que lo primero que les llama la atención en un hombre es la inteligencia, y escribir textos que dicen que para conquistar a cualquier mujer lo único que necesitas es ser como los que trabajan en Maxim (la relación: conquista/inteligencia/Maxim, no es del todo cierta) no he tenido tiempo de escribir en este bló.

Y hay tanto que quiero escribir, como por ejemplo: lo mucho que me gustó el triatlón y lo cierto que es “después de uno, querrás hacer otro”; la bicicleta de montaña pro que compraré el viernes, y la falta de amigos deportistas ‘extremos’; la mudanza en puerta y mi aversión a ella; el recuerdo que tuve de mi padre mientras nadaba; los buenos libros que he leído y las malas conversaciones que he escuchado… Tanto que decir, y tan poco tiempo para hacerlo.

Por lo pronto, puedo adelantar que no morí ahogado entre el cardumen de los triatletas, lo peor que me pasó fue recibir un tremendo zape acuático. Pronto los detalles.

Posteado por: volovan | Junio 24, 2009

Estética y comida

“No hay ningún plato occidental, con excepción quizá de las ensaladas y los rábanos, del que pueda decirse que tenga un color atractivo. No puedo juzgar su valor nutritivo, pero desde el punto de vista artístico su comida es tremendamente bárbara. La comida japonesa, por el contrario, ya se trate de una sopa o entradas de pescado crudo, es siempre bella. Tan placentera para los ojos que vale la pena entrar en una casa de té sólo para ver los platos que se despliegan ante uno, incluso si nos retiramos sin probar bocado.”

Kusamakura (Almohada de hierbas), de Natsume Sōseki.

Posteado por: volovan | Junio 23, 2009

Campaña invasiva

No recuerdo una campaña de votaciones peor que la actual. Malos comerciales, malos spots, malos carteles, malos medios y sobre todo pésimas propuestas. Pero que no dejen hacer ni ejercicio, es el colmo.

El domingo, por primera vez en mi vida me uní al recorrido del ‘gato’. Quienes suelen salir a rodar, sabrán de qué se trata. Quienes no, ahí les va la explicación. Quién sabe desde hace cuanto, cada domingo a las ocho de la mañana un grupo de ciclistas se juntan en Insurgentes a la altura de los helados Chiandoni (las heladerías siempre serán mi punto de ubicación), para de ahí rodar hasta el deportivo de Cuemanco. Cualquiera se puede unir y será bienvenido. Pero eso sí, lo advierto, si no te ves superpro con bicicleta de carbonato de sodio, ropa entallada y tenis que sólo sirven si estás sobre una bicicleta, te mirarán como a vegetariano en un rastro. Fuera de eso, todos son reamables y se cuidan. Una gran experiencia, se las recomiendo. Pero de eso no trata este post.

A lo que voy, es que mientras estaba entre la parvada de bicicletas cuidándome de no pegarle al de adelante ni al de al lado ni al de atrás, un tipo en motocicleta se colocó a mi lado. Y pa’ pronto comenzó a hacerme plática. Mientras yo me preocupaba en hacer bien los cambios, o mantener el ritmo, o esquivar los baches, el tipo no paraba de decir cosas como: “Salir a andar en bicicleta es un privilegio que todos los capitalinos deberían tener.” “No hay mejor forma de empezar un domingo que con una bicicleta y tus cuates.” “Los automovilistas no respetan a los ciclistas por falta de información.” Etcétera. Más o menos me imaginaba donde iba, pero no lo creía posible, hasta que soltó: “Por eso, el Partido bla, bla, bla, tiene una propuesta para implementar un reglamento que proteja al ciclista…” No mames, es el colmo. Al rato un tipo tocará en la puerta del baño y en lugar de preguntar si está ocupado, me dirá que el Partido Verde patrocinó el papel reciclable que usaré.

Sé que es mi deber votar, pero… Chale.

Posteado por: volovan | Junio 18, 2009

ID pidata

Antes que las credenciales de elector existieran y los antros se incendiaran, la vida de los adolescentes era mucho más divertida. A los 14 o 15 años podías entrar a un antro. Claro, había todo un sistema para poder lograrlo.

Primero, el disfraz. Para verte ‘más grande’ te tenías que vestirte más formal y peinarte de una forma seria. Por ejemplo, cuando mi hermano me llevó al primer antro (cof, cof, Tiffanys), me prestó unos pantalones y una chamarra de piel con hombreras (¿qué?, eran los 80) y me aconsejó relamerme el cabello con mucho gel. El resultado, un niño de 14 años con disfraz de gánster.

Luego, pasar inadvertido. Por mucho que te vieres ‘más grande’ con ropa y peinado de adulto, cualquiera que te mirara con detenimiento se daría cuenta de tu edad. Así que al momento de estar frente a la cadena, lo único que podía hacer es: esconderte y dejar que el más grande de todos tus amigos fuera el que hablara con el cadenero. Cuando este mirara hacia el grupo, lo mejor era mirar al piso o voltearte a platicar con alguien. Con un poco de suerte pasabas entre la ‘bola’. Esto funcionaba mucho mejor si entrabas de la mano de alguna amiga de tu hermano mayor o primo.

Al final, la ID. Pero por lo general, esto no servía y justo cuando te agachabas para pasar por debajo de la cadena, el cadenero te detenía y decía: “¿Identificación?” Era ahí, cuando con toda la tranquilidad del mundo sacabas de tu cartera una de estas:

La copia en miniatura de tu Cartilla militar pirata. Entonces, además del pasaporte ésta era la única ID oficial. Y cualquiera, con un poco de liquid paper, tinta negra, una máquina de escribir y una foto infantil podía hacer una. El procedimiento era sencillo: sacabas una copia de una Cartilla militar origina; con el liquid tapabas los datos que querías cambiar y después, con la máquina de escribir, ponías los tuyos; colocabas tu foto sobre la original y marcabas tu huella digital sobre ella; por último, le sacabas copias, la reducías y enmicabas. Listo.

Así que cuando el cadenero te decía: “¿Identificación?” Con cara de molestia sacabas de tu cartera la cartilla. Lo que venía después era un trabajo mental. El cadenero preguntaba “¿qué año naciste?”, y tú sin chistar contestabas: 1973. “¿Cómo se llaman tus padres?, ¿en qué calle vives?, ¿delegación?…” Si te habías memorizado bien todos los datos y contestabas con naturalidad, seguro estabas del otro lado.

Si nada de esto funcionaba, siempre estaba el recurso de la mordida al cadenero. Pero a los 14 o 15 años lo más que llevabas en la cartera era para el cover y una chela.

Posteado por: volovan | Junio 17, 2009

Mi primer recuerdo

Algunos no lo creen. Piensan que no es posible mantener un recuerdo de una etapa tan temprana. Y sí es algo sorprendente, pero estoy seguro que sucedió. Además, mi madre me lo confirmó cuando se lo platiqué. Mi primer recuerdo es el siguiente:

Estoy dentro de una pequeña tina de plástico azul. Mi madre me sujeta con una mano la cabeza, y con la otra, la espalda y parte de las nalgas. El agua, un poco más caliente de lo habitual, me cubre por completo el cuerpo, con excepción de la cara y parte de la cabeza. Aunque me gusta la sensación, estoy intranquilo, pero no lloro. Mi madre, con una especie de refractario de plástico transparente, me vierte agua con cuidado sobre la cabeza mientras me cubre los ojos con la palma de la otra mano. Alguien se acerca. Es mi hermano mayor, quien para mirar cómo me bañan se pone de puntitas y se sujeta con las manos sobre la tina de plástico azul. Algo le dice mi madre. Algo le contesta mi hermano. Los dos sonríen. Yo no entiendo lo que dicen; apenas tengo unos cuantos meses de nacido. Pero también me río.

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